Los primeros habitantes del Cerro Gordo fueron Otomíes, pero se les designó como bapames, pinos, otomatlatolin, amultecas, coras, cocas, tepehuanos, huicholes, tecos, tecuexes, tecuanes, tecumalmes, tecoximes,etc. Que procedían de la Mesa Central. Su peregrinar se virtió hacia los rumbos de teocaltiche, Tepatitlán y Arandas, contando con la protección montañosa y aún más era un paso obligado a su recorrido. Esa tribu habitó el legendario Cerro Gordo, hoy conocido así y como el Picacho, San Miguel el Alto o Atoyanalco, Jalostotitlá, Tepatitlán y más pueblos del oriente de Jalisco.

En el Libro Antecedentes Históricos e Arandas, Jalisco, de Indalecio Ramírez Ascencio se afirma: “ Restos” arqueológicos de los primeros habitantes de Arandas existen en el Cerro Gordo, el Caracol, en lo alto y en las faldas a lo largode la cordillera en Edificios, Mesa del Meco y en el Cerro de Farfán...”

Ramón Sánchez dice: “ La opinión nuestra en creer que los primeros moradores de estos lugares, después de los tarascos, fueron chichimecas se funda: primero, en que esta última raza como nómada, no levantaba población de importancia, y solamente se encuentran aún ruinas de construcciones de poca importancia en los cerros del Gusano, Gordo, San Judas y Cuesta de Edificios; y otras rodeadas de fuertes murallas de piedra que sirvieron indudablemente para resistir el empuje de los conquistadores españoles y de los otros habitantes de la región, pues es sabido que se hallaban en constantes guerras. Segundo, en que a inmediaciones de Atotonilco hay un punto nombrado el Chichimeco y cerca de Silao se encuentra otro denominado Chichimequillas. Tercero, en que todos los historiadores están de acuerdo en que el territorio situado al lado del Rio Lerma se hallaba habitado por chichimecas, fundaron los Conquistadores las poblaciones de Lagos y Zamora para evitar sus avances.”

Estos primeros habitantes eran gente de bestial fiereza, dormían en la tierra desnuda; diestros en el uso del arco y borrachos daban infernales aullidos.

Estos fijaban sus pequeñas poblaciones arrepechadas en los montes o cerros como recurso lógico para protegerse de los ataques saqueadores de tribus chichimecas. LA fabricación de viviendas era de cantera, tepetate, de adobes de zacate; de una planta, el techo de tierra y zacate, con unas pequeñas ventanas. Esto está demostrado en restos arqueológicos en diversas partes de Arandas, como el Cerro del Caracol.

Vestimenta. Vestían túnicas de pechotl y una semejanza de timatli para cubrir sus espaldas. En ocasiones la túnica era de piel de venado. La vestimenta era sencilla aunque recargada en festividades religiosas. Vistoso plumeros teñidos de diversos colores y en grupos bailaban sones al compás del tepenahuate (instrumento musical más fabricado) y castañuelas de piedra negra sonora; y collares hechos de piedras de yeso y cuarzo que eran extraídas de ríos y tierras aledañas al Cerro Gordo, preferidas por su brillo.

Artesanía. Tejían en el zapastle y usaban en el trabajo chiquihuitl de carrizo de lana y popote, el maíz era a base de cordones de colores. Fabricaban petacas de carrizo y jara llamadas quilihuas. Estos productos los intercambiaban.

Religión. La religión fue enseñada por tribus peregrinantes de nahoas. Creían en el dios creador de todo lo existente que premiaba las buenas acciones “Ixtlacateotl” era el dios invisible, como lo veneraban en Tonalá; además, “Teocoatl” dios serpiente, esto confirmado por el hallazgo de un ídolo en el Cerro de la Corona. “Tlacatecolotl” búho racional, divinidad maligna anunciadora de tragedias; “Heri”, poseedor del conocimiento total e inspirador de los sacerdotes y militares. Los dioses eran frecuentemente festejados con ofrendas: flores regionales, frutos y el sacrificio de águilas, conejos, venados y otros animales.

Sus templos eran pequeños como queda demostrada con las ruinas encontradas en el Cerro de la Corona y otros lugares. Los sacerdotes eran llamados “Teopicques” y también desarrollaban actividades militares. En tiempos de guerra, los templos servían de fortalezas.

Tenían la creencia de la Vida después de la Muerte como es visto en los sepulcros encontrados en las Cuevas, Cerro de Tecomatl, Cerro de la Corona y otros; además de los platos, molcajetes, metates, armas e indumentarias junto a los que quedaban los huesos que demuestran que efectivamente hacían ofrendas y la creencia en la vida futura de compensación o castigo según sus acciones, para lo que eran provistos de estos objetos.

Matrimonio. El ritual del matrimonio también existía. La poligamia era común, lo que les permitía tener tantas mujeres como pudieran. La mujer tenía las mismas posibilidades y derechos que los hombres: intervenir en el consejo, en la guerra el trabajo de la tierra y las artes.

Agricultura. Era la principal actividad de los tecuexes. En los centros ceremoniales en San Miguel el Alto, se han encontrado campos cultivados de patotes o frijol, alid o maíz, chili, camotl, clalcacahuatl, maguey o metl y el pochotl. La siembra se realizaba mediante coas de madera con puntas de pedernal.

Cacería. Los montes a su alrededor permitían criar cocos y venados así como gamitos y cabritillos. Los huevecillos y cuajos se vendían a dos reales cada uno; además la carne era consumida por ellos mismos.

Luego que Nuño de Guzmán concluyó la Guerra con los indios de Cuitzeo, envió al capitán Pedro Alméndez Chirinos hacia la parte norte para que viera y supiera si la primera derrota que tuvieron desde su salida de la Ciudad de México era cierta y encontrara noticias de las “amazonas”, para lo cual le dio 150 soldados españoles a caballo y treinta a pie, y quinientos mexicanos tlaxcaltecas. Salió de río Cuitzeo a Zapotlán del Rey, al Valle de Acatic y a Tzapotlán de Juan Saldivar, grandes cabeceras y a Tepatitlán, hasta Cerro Gordo.

A medida que se allanaban los tecuexes, tonaltecos y los cocas de Tlajomulco, al recibir el suave yugo de la cristianización, se fue estableciendo el catolicismo al lado del poderío español en todos los pueblos. Junto a la caridad y bondad de los misioneros, los indígenas veían la ambición y dureza de los conquistadores. De 1540 a 1542 se agotó la paciencia de los indómitos teules, caxcanes y tecuexes. Animados por la idea de la liberación, aliados con Tzacatecanos, huamares y otros, se levantaron en armas contra el déspota conquistador.

Debido a lo aguerridos que eran los pobladores indígenas, la Cristianización en tierras alteñas corría peligro. Se inicia la Guerra del Mixtón. En 1541 sale de la Ciudad de México el Virrey don Antonio de Mendoza con la más lúcida caballería de esas tierras, además de diez mil indígenas mexicanos y tlaxcaltecas amigos para pacificar la rebelión y ayudar a Cristóbal de Oñate. Pasando a su recorrido por las faldas del Cerro Gordo que era refugio de muchas tribus chichimecas. Las grandes quebradas y ensenadas servían para hacer emboscadas, en las cuales murieron muchos españoles e indios que los acompañaban. Llegó a Acatic donde permaneció dos días, pasados estos se dirigió finalmente a Nochiztlán.

Terminada aquella tremenda guerra de pacificación y exterminio de la cual salieron victoriosos los conquistadores, misioneros y conquistadores decidieron trasladar a gran parte de los pueblos rebeldes a lugares distintos lejos de los suyos.

Por eso los indios de Xalostotitlán y San Miguel el Alto fueron llevados a Zapopan llevando consigo la Imagen de la Virgen llamada después de Zapopan. Establecida la pacificación y asegurada la tranquilidad con el cambio, don Antonio de Mendoza hizo venir a la evangelización de los caxcanes y tecuexes a Fray Miguel de Bolonia, quien antes administraba Michoacán. Este fraile aprendió muchísimas lenguas mexicanas y se le conoció como el “don de las Lenguas”.

La conquista dio fin a una fase agitadora para dar paso a la fundación, o más bien, repartición organizada de las tierras de la Nueva Galicia.


(Por José Zócimo Orozco Orozco)